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CONSTITUCIÓN FUNDAMENTAL
Nosotros, los Hermanos Hospitalarios, damos
gracias al Señor por el don que hizo a su Iglesia
en San Juan de Dios, el cual, impulsado por el Espíritu Santo y transformado interiormente por el
amor misericordioso del Padre, vivió en perfecta
unidad el amor a Dios y al prójimo. Se dedicó por
entero a la salvación de sus hermanos e imitó
fielmente al Salvador en sus actitudes y gestos de
misericordia. Lleno de deudas, de preocupaciones y
de trabajos, se fió totalmente de Jesucristo y se
entregó por completo al servicio de los pobres y
enfermos en la ciudad de Granada, en España,
desde donde pasó al Padre en 1550.
Nuestra Orden es un instituto laical, no obstante,
desde su aprobación, se concedió que algunos
Hermanos pudieran acceder al sacerdocio para
proveer el ejercicio del sagrado ministerio entre
los enfermos y en nuestras comunidades y obras
hospitalarias.
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ACTA
FUNDACIONAL
Nuestra Orden Hospitalaria nace del evangelio de
la misericordia, vivido en plenitud por San Juan
de Dios; por eso, justamente, lo tenemos como
Fundador. Él, en efecto, entendió que la señal
más clara de haber pasado de la muerte a la vida
es el amor a los hermanos practicado no sólo de
palabra, sino con obras y de verdad.
La familia religiosa a la que pertenecemos, a
petición de los Hermanos, fue aprobada por el
Papa San Pío V el 1 de enero de 1572, y es
conocida en la Iglesia con el nombre de ORDEN
HOSPITALARIA DE SAN JUAN DE DIOS.
Este nombre expresa nuestra identidad, pues la
razón de nuestra existencia en la iglesia es
vivir y manifestar el carisma de la hospitalidad
al estilo de San Juan de Dios. Consagrados al
Padre por el Espíritu, seguimos más de cerca a
Cristo casto, pobre, obediente y misericordioso.
De este modo, cooperamos a la edificación de la
Iglesia sirviendo a Dios en el hombre que sufre.
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NUESTRA
ESPIRITUALIDAD PECULIAR
Como Hospitalarios, aspiramos a encarnar cada vez
con más profundidad los sentimientos de Cristo
hacia el hombre enfermo y necesitado y a
manifestarlos con gestos de misericordia: nos
hacemos débiles con el débil y lo asistimos como
predilecto del Reino; le anunciamos el amor del
Padre y el misterio de su salvación total;
defendemos sus derechos y ofrecemos la vida por él.
Nos dedicamos con gozo a la asistencia de quien
sufre, con las actitudes y los gestos peculiares
del Hermano Hospitalario: servicio humilde,
paciente y responsable, respeto y fidelidad a la
persona, comprensión, benevolencia y abnegación,
participación en sus angustias y esperanzas.
Nuestra vida es para el signo y anuncio de la
llegada del Reino de Dios.
Nos sentimos hermanos de todos los hombres y nos
entregamos al servicio principalmente de los
débiles y enfermos: sus necesidades y
sufrimientos conmueven nuestro corazón, nos urgen
a ofrecerles remedio y nos estimulan a procurar su
promoción personal.
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NUESTRA
MISIÓN EN LA IGLESIA
Animados por el don recibido, nos consagramos a
Dios y nos dedicamos al servicio de la Iglesia en
la asistencia a los enfermos y necesitados, con
preferencia por los más pobres. De este modo,
manifestamos que el Cristo compasivo y
misericordioso del Evangelio permanece vivo entre
los hombres, y colaboramos con Él en su
salvación.
Al llamarnos Hermanos Hospitalarios, Dios nos ha
elegido para formar comunidad de vida apostólica;
queremos vivir en comunión el amor a Dios y al
prójimo.
Como miembros vivos de la Iglesia, aspiramos a
manifestar la supremacía del amor de Dios y
deseamos conseguir la perfección de la caridad,
para con Dios y para con el prójimo, mediante la
práctica constante de todas las virtudes, con la
profesión pública de los votos de castidad,
pobreza, obediencia y hospitalidad, siguiendo el
espíritu de la Regla de San Agustín y
observando las Constituciones de la Orden.
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DESTINATARIOS
DE NUESTRA MISIÓN
Las exigencias
de nuestro apostolado nos llevan a empeñarnos en
formas concretas de acción, en favor de las
personas que sufren, como expresión del amor
misericordioso del Padre.
1. Trabajamos en hospitales propios,
colaborando con la asistencia del país en la
prestación de los servicios necesarios a los
ciudadanos.
2. Aceptamos los centros que se nos
confían, cuando están de acuerdo con nuestro
carisma y podemos ejercitar el apostolado
hospitalario según los principios de nuestra
identidad.
3. Nos incorporamos, individualmente o como
comunidad, en los centros u organizaciones de la
Iglesia o del Estado, para desarrollar en ellos
una misión de evangelización y de servicio en el
mundo de la Salud.
4. Creamos centros y organizaciones en
favor de los marginados de la sociedad que no son
protegidos por las leyes.
5. Nos introducimos en lugares donde la
pobreza y el subdesarrollo son evidentes como
barriadas pobres o zonas rurales, haciendo frente
a sus necesidades desde el campo de nuestro
carisma.
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ACTUACIÓN
DE NUESTRO CARISMA
Nos sentimos depositarios y responsables del don
de la hospitalidad que define la identidad de
nuestra Orden. Esto nos compromete a vivir en
fidelidad nuestro carisma, a custodiarlo,
profundizarlo y desarrollarlo constantemente en la
Iglesia. Nuestra apertura al espíritu, a los
signos de los tiempos y a las necesidades de los
hombres, nos irán indicando cómo hemos de
encarnarlo creadoramente en cada momento y
situación.
La misma riqueza del carisma recibido supone la
posibilidad de expresarlo en formas diversas, de
acuerdo a las circunstancias de tiempo y lugar.
Por eso vivimos en actitud de discernimiento y
conversión, para que nuestra misión en la
Iglesia responda siempre a la voluntad de Dios
sobre nosotros y muestre nuestro sentido de
unidad.
En la actuación de nuestro carisma nos sentimos
particularmente unidos a los institutos,
asociaciones y movimientos que tienen una misión
similar a la nuestra. Una especial comunión
espiritual nos une a aquellos que, teniendo origen
de alguna manera en nuestra Orden, son una
manifestación de la vitalidad de nuestro carisma
hospitalario.
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ESTILO
Y FORMAS DE APOSTOLADO
Como Hermanos Hospitalarios, hemos sido llamados
para realizar en la Iglesia la misión de anunciar
el Evangelio a los enfermos y a los pobres,
sanando sus dolencias y asistiéndolos
integralmente.
Vemos en cada hombre a un hermano nuestro:
acogemos y servimos, sin ninguna discriminación,
al que se encuentre necesitado.
Nuestra fidelidad a la Iglesia, al hombre que
sufre y al espíritu de la Orden, nos compromete a
revisar oportunamente nuestras obras, para que
respondan siempre a nuestro carisma y misión.
A fin de que nuestro apostolado hospitalario vaya
de acuerdo con los valores y exigencias del Reino,
permanecemos atentos a los signos de los tiempos
interpretándolos siempre a la luz del Evangelio.
Las actitudes de servicio y apertura, propias de
nuestra misión, nos mueven a cooperar con otros
organismos de la Iglesia o de la sociedad, en el
campo de nuestro apostolado específico.
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HOSPITALIDAD
SEGÚN EL ESTILO DE NUESTRO FUNDADOR
Por el voto de hospitalidad nos dedicamos, bajo la
obediencia de los superiores, a la asistencia de
los enfermos y necesitados comprometiéndonos a
prestarles todos los servicios necesarios, por
humildes que sean, incluso con peligro de la vida.
Nuestra mayor dicha está en vivir en relación
con los destinatarios de nuestra misión: los
acogemos y servimos con amabilidad, comprensión y
espíritu de fe a que son acreedores como
personas e hijos de Dios.
La hospitalidad que hemos profesado nos compromete
a velar para que se respeten siempre los derechos
de la persona a nacer, vivir decorosamente, ser
curada en la enfermedad y morir con dignidad. Nos
esforzamos para que, en todo momento, aparezca con
claridad que la persona enferma o necesitada es el
centro de interés en nuestro apostolado
hospitalario. Vivimos de tal modo identificados
con nuestra misión, que nuestros colaboradores se
sienten movidos a hacer lo mismo.
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